martes, 22 de febrero de 2011

Opus 133 (3.- La Gran Fuga - 5)



 Su camerino era pequeño y apenas contaba con una cómoda con espejo, un biombo, un pequeño lavabo anexo y una cama de matrimonio. Al ver la cama inmediatamente sospeché del motivo por el que había sido llamado, y esas sospechas parecieron confirmarse en cuanto ella salió de detrás del biombo. Salió vestida con una bata de seda que apenas tapaba sus partes pudendas. Me vio y sin dirigirme la palabra se aproximó a la cómoda y de uno de sus cajones sacó lo que parecía ser una vieja foto. Se quedó mirándola un buen rato y luego me miró a mí, de nuevo su mirada volvió a la foto y de nuevo a mí, y así un par de veces más, hasta que finalmente sus ojos se llenaron de lágrimas y se abalanzó hacia mí, abrazándome.

  Yo dejé que me abrazara, sin poder reaccionar apenas sorprendido como estaba ante su gesto, y entonces noté algo demasiado extraño como para poder explicarlo con precisión. Era como si no fuera la primera vez que ella me abrazaba. Había algo familiar en sus sollozos, y en la presión que ejercían sus brazos, y en el calor de su cuerpo y hasta en el olor que se dejaba entrever vagamente a través  del denso perfume barato. Esa sensación me invadió por completo y no pude si no echarme yo también a llorar y abrazarme a ella con todas mis fuerzas. No sé por que lo hice, pero estuve así un tiempo incontable, hasta que ella dijo algo y lo que dijo me extrañó tanto que lo único que pude hacer fue apartarle de mi lado. Ella me había llamado “papá”.

  La aparté y le explique que yo no era su padre, que nunca había tenido ninguna hija, pero ella negaba con la cabeza ante cada cosa que yo le decía. Estaba totalmente convencida de que yo era su padre. Cuando vi que no podría convencerla le pedí que tratara ella de explicarme por qué creía eso y entonces me enseñó la foto. Era una foto grande y algo antigua donde se veía a un grupo de veinte hombres trajeados con una firma bajo los pies de cada uno. En la parte de abajo se veía impreso: “Universidad de Harvard, Departamento de Matemáticas. Promoción del 78”. Ella me señaló a uno de esos hombres y me explicó que ese era el único recuerdo que le quedaba de su padre. Era un hombre joven, el más joven de la foto, con rasgos caucásicos. La verdad es que se parecía bastante a mí con la única diferencia de que yo nunca había estudiado matemáticas en Harvard.

  Llegué a la conclusión de que la pobre chiquilla tenía algún tipo de complejo de padre ausente o algo así, algo por lo que lo estaba pasando realmente mal, un buen caso para mi psicólogo sin lugar a dudas. La niña debió de fijarse en mi parecido con el hombre de la foto y de ahí venía todo esto. Le volví a explicar que yo no podía ser ese hombre, que yo había vivido casi toda mi vida en Iowa y que nunca había estudiado en Harvard. Le volví a explicar que nunca había tenido hijos pero ella seguía convencida de lo que decía. Para que se calmara un poco le pedí que me contara su historia, el por qué ese era el único recuerdo que tenía de su padre y como la hija de un licenciado de Harvard había acabado trabajando en un club de Striptease de Las Vegas. Pensé que así se podría calmar un poco y recapacitar, pero fue peor el remedio que la enfermedad. Su historia era realmente triste y había algo tan extraño en ella… la sensación, era casi como si recordara… Pero primero contaré su historia y luego el efecto que provocó en mí, con el único fin de poner un poco de orden en este extraño relato.

  Por lo que me dijo ella había nacido en el 80 en el seno de una buena familia de Atlanta. Lo único que recordaba de su madre era que le había enseñado algo de ruso ya desde muy pequeña. A su padre lo recordaba casi siempre en su despacho, trabajando en incontables fórmulas matemáticas, o eso o tocando el violín. Me dijo que nunca había podido borrar de su cabeza una canción que solía tocar, hasta me la puso en un viejo radiocasete. Sigo con su relato y luego hablo del resto como ya he dicho, mejor seguir un orden.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Opus 133 (3.- La Gran Fuga - 4)



 ¡Dios mío, hoy ha pasado algo realmente increíble! Ha pasado algo que se escapa a toda lógica, algo que noto que será crucial en mi vida, un punto de inflexión, o puede que se trate sólo de los desvaríos de un par de locos en esta ciudad de neón y pecado. Es uno de esos momentos en los que notas como si el destino, o Dios mismo, hubiera puesto sus ojos sobre ti, uno de esos momentos donde sabes que cada decisión que tomes será absolutamente crucial para tu futuro. El último momento así que recuerdo fue cuando me planteé la idea de mudarme a Nueva York después del divorcio, y las decisiones de esa época marcaron los últimos diez años de mi vida. Hoy he notado de nuevo esa sensación, pero será mejor que trate de describirlo desde el principio en este burdo amago de diario que llevo para poder releerlo en el futuro y tratar de encontrar la lógica que seguro se encuentra oculta en todo esto.

  El día transcurrió con normalidad a pesar de que ayer se repitió de nuevo la pesadilla. Me tiré mañana y tarde en el casino que está al bajar la calle analizando las ruletas, grabando todos los datos en mi mente y jugando un poco a diversos engañabobos para que esos gorilas que tienen de seguridad no se dieran cuenta. Comí incluso allí, una comida frugal pero nutritiva. Por la noche había decidido regresar a ese espectáculo erótico, era como si algo me llamara a ello. Bueno, algo, ese algo es mi maldita pesadilla. Era mi pesadilla lo que me llamaba a volver allí.

  Así que allí fui y al principio todo transcurrió con normalidad. Me tomé con tranquilidad mi whisky mientras observaba impasible el espectáculo de las primeras chicas. Muchas ideas extrañas rondaban por mi cabeza, como si alguien las hubiera puesto allí en contra de mi voluntad. Y entonces salió ella, la chica rubia.

  Fue presentada como Eva “la belleza norteña”. Era apenas una chiquilla de poco más de veinte años. Su pelo era rubio, de un rubio intensamente claro, casi doloroso. Su rostro tenía facciones de niña, con un leve toque exótico. Su espectáculo no estaba mal, aunque hay que reconocer que alguna de sus compañeras lo hizo mejor. Lo que más me llamó la atención entonces fue que estuvo un buen tiempo como buscando a alguien entre el público con la mirada. Entonces fijó sus ojos azules como el hielo en mí, y no los apartó durante el resto de su actuación. Yo miré en sus ojos y percibí algo familiar en ella, como si la conociera de algo, y noté esa misma muestra de reconocimiento en su expresión. Fue cuando ella acabó el espectáculo y se retiro tras el telón y yo me pedí otro whisky tratando de recordar de qué conocería a aquella niña.

  Al cabo de un rato uno de los hombres de seguridad del local se acercó a mí para comunicarme que una de las señoritas me pedía amablemente que fuera a su camerino. No tuve la menor duda de que era ella, y efectivamente no me equivoqué.


lunes, 25 de octubre de 2010

Opus 133 (3.-La Gran Fuga - 3)


  El sueño ha vuelto, una vez más, insidioso, como si quisiera decirme algo. La sensación de tensión no hace si no aumentar a pesar de que ese extraño hombre ya no me sigue. No lo he vuelto a ver desde que abandoné Nueva York y eso es buena señal. Pero el sueño sigue, como un mal recuerdo que vuelve una y otra vez a mi cabeza… ¿por qué siempre compararé ese maldito sueño con un recuerdo?




  Mis planes se están cumpliendo a la perfección, ya he jugado en tres casinos distintos ganando bastante en los tres. Esta noche saldré a celebrarlo, creo que me lo merezco.



  Es la primera vez que estoy en uno de esos espectáculos eróticos. No ha estado mal, las chicas lo hacían muy bien, la verdad. Sé que pagando un poco podría subirme a alguna a la habitación, quizás lo haga otro día, cuando haya ganado algo más. Me gustó la morena de Texas, una chica impresionante sin lugar a dudas. Y luego estaba esa niña rubia, era distinta al resto. Había algo extraño en ella. No sé, creo que se me quedó mirando mientras hacía su espectáculo… Tengo que dejar estas ensoñaciones tan poco propias de mí.



  El violín no se me da mal, debo tener un talento innato o algo así, porque dicen que es un instrumento difícil, pero para mí no tiene complicación alguna. Si hubiera aprendido de niño estoy convencido de que ahora me podría dedicar a eso en vez de a la contabilidad, seguro que mi vida hubiera sido mucho más interesante como músico, una vida bohemia y llena de aventuras y mujeres. En fin, otra vez desvariando, por esto sí que debería ir al loquero.



  La mujer rubia, mi esposa. ¿Es esa niña? Ella me ha vuelto a mirar, y yo a ella, y se parecen, se parecen terriblemente. Quizás sí que exista el destino y uno no pueda escapar a él, quizás mi sueño estaba tratando de traerme a esta ciudad dejada de la mano de Dios para conocerla. Quizás mi “gran fuga” no sea realmente una fuga sino alguna otra cosa que no soy capaz de entender ni controlar… No me gusta la sensación de no poder controlar algo.

martes, 19 de octubre de 2010

Opus 133 (3.-La Gran Fuga - 2)


  Ya me he instalado en mi hotel y esta noche empezaré a analizar las ruletas. Hace calor, quizás demasiado, al fin y al cabo esta ciudad está en mitad del desierto. Sí, analizaré las ruletas, pero con cuidado. Todos estos casinos están controlados por mafias, y si ven que tienes un método te echan o algo peor. Tendré que disimular, pero esta noche empezaré.




  El puto loquero no tenía razón. Ya estoy desestresándome según me dijo pero el sueño sigue tan real como siempre, y siempre igual. Me llevan de la celda, atravieso una puerta y está el hombre del traje negro con su aparato infernal. Entonces yo lo mato y se convierte en la mujer rubia.

  ¿Quién es la mujer rubia? Sé que la conozco, en el sueño es mi esposa, pero no lo es realmente. Pero sé que la conozco de algo, he tenido que verla en alguna parte, aunque no sé en donde.

  No sé por qué pero en ocasiones pienso que ese sueño es más real que mi propia vida. Y ese pensamiento me provoca tanta paz como el acorde final del opus 133 de Beethoven. Tras la turbulencia llega la calma. Y ese nombre con el que me llama: “Füller” parece más apropiado que Conrad, no sé por qué. Quizá sea porque tengo rasgos alemanes.

  En ese sueño hay algo más, lo sé.





  Hoy he visto a ese concertista. Fue una sensación muy extraña. El chico tocaba el violín, bastante bien además y sus movimientos eran tan lógicos... Era como si en todo momento supiera cual era la siguiente nota. Quizás mañana me compre un violín, aunque debería dejarme de tantos espectáculos y tanta tontería y dedicarme a lo que he venido a hacer aquí. Ya tengo alguna ruleta controlada. Mañana empezaré a jugar, con pequeñas cantidades, tengo que verificar si mi método funciona, sólo espero no levantar sospechas.



  Funciona, el método funciona a la perfección. Mañana no apostaré nada, iré a otro casino a empezar a analizar sus ruletas y otro día volveré a este, tengo que evitar sospechas.

martes, 7 de septiembre de 2010

Opus 133 (3.- La Gran Fuga - 1)


  El tren por fin esta llegando. Nunca me ha gustado viajar en avión. El tren es mucho mejor. Los aviones se caen y los hombres no estamos hechos para volar. Si Dios hubiera querido eso nos hubiera puesto alas.

  Ahora sí que reconozco la canción. Todo el viaje escuchándola. La Gran Fuga, se llama, un buen nombre. En cierto modo este viaje es mi gran fuga. Huyo de mi vida de contable. El psicólogo se puede ir a tomar por culo, esos malditos loqueros no hacen otra cosa más que robar dinero, ¡eso ni siquiera es una ciencia, por el amor de dios! Pero al menos tengo la canción, ya no me inquieta, como antes.

  La música es sólo matemática, ahora entiendo. Y esa comprensión es soberana. La Gran Fuga de Beethoven no es más que una ecuación complejísima, cuya resolución final conquista el paraíso. Mi gran fuga es mucho más complicada, huir de mi vida, sí. Pero no del estrés que dice el loquero, huir de ese puto cabrón que me persigue. El puto cabrón trajeado. No lo he visto en el tren, tampoco en la estación. Igual le logro dar esquinazo. ¿Quién coño será? ¿Alguien del gobierno quizás? En mi vida nunca he mosqueado a nadie, ni me he metido en asuntos turbios con mafias ni nada así. ¿Quizás alguien mandado por mi ex- mujer para algo? Bah, no creo, eso si que parece un pensamiento paranoico. No sé ni por qué me acuerdo de ella.

  Porque ella no es la mujer rubia. Ella no es la mujer rubia.

  ¿Cuál es la diferencia entre sueño y realidad? Aún no tengo respuesta a esa pregunta. Ese maldito sueño es más real que la vida misma. ¿Y si mi propia vida no fuera más que un sueño?

  Al menos las matemáticas son reales, lógicas. No como este caos del mundo. Aunque el mundo funciona a base de matemáticas, todo son números, todo son ecuaciones y diagramas. Hasta la ruleta.

  Sí, este es el principio de mi gran fuga, puedo ganar algunos millones con mi método. No puede fallar. Y después al extranjero, allí nadie me podrá encontrar, aunque ese de negro sea del gobierno allí fuera no me podrá alcanzar.

  Sí, huir de todo, como las notas de esa fuga hacia el final apoteósico.

  El tren para. Espero ser bienvenido en Las Vegas.




sábado, 4 de septiembre de 2010

Opus 133 (2.- Lo Aparente - 2)

Anteriormente en Opus 133. 


 El caso es que investigué un poco y vi que no había nada raro en ella. Así que solo me quedaba el cabo suelto del expediente del tal Conrad. Con tiempo descubrí que el tipo estaba divorciado y trabajaba en una empresa de electrodomésticos como contable. ¿Y sabe lo más raro del caso? En la empresa no tenían ni puta idea de donde estaba desde que se había pillado sus primeras vacaciones en diez años. El tío les apareció por ahí de golpe pidiendo un mes de vacaciones y nunca volvió. ¿A que se imagina usted cuando fue eso? Pues en las mismas fechas que desapareció el jodido loquero.

 Total, que ya volvía a tener sospechoso. Así que empecé a investigar a este tipo. Al principio todo lo que descubrí de él parecía indicar que era un tipo de lo más aburrido con una vida de lo más triste. Pero entonces hablé con uno de los camareros del bar donde iba a desayunar, le invité a unas copas y… bueno, supongo que ya habrá escuchado usted las grabaciones. Para mí que ese Conrad es un puto psicópata y con el rollo ese de la música se le dio por matar a su psiquiatra o algo así. Así que si hablara con sus superiores del FBI y me dieran permiso para acompañarles a Las Vegas a seguir con la investigación yo…


- Verá, Sargento Harrison, no soy exactamente del FBI.

 Entonces un sonido leve rasgó el aire del desordenado despacho y el Sargento Harrison, demostrando empíricamente que en ocasiones la experiencia de un perro viejo no sirve absolutamente para nada, se desplomó inconsciente sobre la recia mesa. El hombre trajeado volvió a guardar la pistola de dardos en su sobaquera y se apresuró a marcar un número de teléfono.



Fin de la segunda parte.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Opus 133 (2.- Lo Aparente - 1)


  El caso parecía de lo más normal en un principio. Recibimos desde comisaría un aviso de un presunto hurto y nos fuimos para allí mi compañero y yo. Era la consulta de un psicólogo o un psiquiatra, un puto loquero vamos, no sé muy bien cuales son unos y cuales son otros. Así que allí llegamos y vimos que habían forzado la cerradura, pero estaba bastante bien forzada, llevo ya muchos años de servicio y sé reconocer el trabajo de un profesional, en la calle siempre se aprenden estas cosas de las que ustedes, los de despacho, no tienen ni idea. No se lo tome a mal, no se deje llevar por los desvaríos de un perro viejo como yo.

  Bueno, el caso es que entramos y vimos que no habían robado el dinero ni hostias, sólo habían revuelto en una especie de archivador. Por todo el suelo había lo que parecían fichas de los pacientes y cosas de esas de médicos tiradas por allí y uno de los cajones también estaba forzado. Bueno, que dimos nuestro informe y esperamos a que los expertos investigaran el caso sin darle mayor importancia. Supongo que ya habrá leído usted el informe, ¿no?

  El tema es que dos semanas después el caso no había avanzado nada, y yo me empecé a preocupar. El comisario se negó a darme los informes de la científica y me dijo que me olvidara del tema. Supongo que ya lo ha conocido usted, no es más que un niñato de esos de universidad, que se cree que saben mucho, pero la gente como usted o como yo bien sabemos que en este trabajo los estudios poco importan. Aquí lo que vale es la experiencia, ¿verdad?

  Bueno, que hablé con un amigo que tengo en la científica. Usted entenderá que no le de el nombre, no quiero meter en marrones a nadie. El chaval este me dijo que no habían encontrado huellas ni nada. Y eso sí que me escamó un poco más. Tenía esa sensación que se tiene a veces, ya sabe de lo que le hablo, esa sensación de que en un caso hay mucho más de lo que parece.

  No sabía muy bien como seguir la investigación, aparte de que el niñato del comisario me había dicho que no lo hiciera, pero yo soy de estos que no duermen bien si no hacen bien su trabajo, como usted, supongo. Bueno, pues me enteré de que el tal Doctor Smith tenía una secretaria: la señorita Sarah, morena, buenas piernas. Unos veintialgo tendría. Así que hablé con ella y por lo visto había notado la falta del expediente de uno de los pacientes del loquero, un tal Joseph Conrad.

  Por cierto, que aparte de notar la falta de este expediente también había notado la falta de su jefe desde el día que entraron en la consulta. Esto sí que me mosqueó de verdad. Una cosa era un puto robo de mierda, pero otra una desaparición. Como puede usted ver, mi intuición nunca me falla, son ya muchos años de servicio.

 La familia del médico también había denunciado esto pero la investigación estaba parada. En un principio sospeché de la secretaria, ya sabe lo que pasa entre las secretarias veinteañeras atractivas y sus jefes cuarentones, ¿verdad? Bueno, bueno, tampoco se ponga usted así, sólo era un comentario.