viernes, 10 de febrero de 2012

Para contentar a sus señorías


Para contentar a sus señorías
en renglones bien torcidos yo escribo,
pues todos ya sabemos
que la justicia es algo serio, frío,
de gran rigidez e imparcialidad;
y tendrán sus motivos
para dar su sentencia.
Y nosotros, a estar agradecidos.

Para contentar a sus señorías
yo enseguida les digo
que cuando era banquero, robé,
¿pero es eso un delito?
No lo es a mi juicio,
si no bien natural, y hasta bonito,
pues para algo lo hemos ganado.
Y nosotros, a estar agradecidos.

Cosa sencilla es dictar sentencia,
¿pobre acusado?, cadena perpetua
(mayor motivo si cargao de deudas).
¿Rico y con trajes?, pues muestra clemencia.

Para contentar a sus señorías
yo nunca llamé a nadie fascista,
Dios me libre de eso,
que a mí me enseñaron los jesuítas.
Sí que tiene delito
no haber sido antes de los franquistas,
si no estar con los rojos.
Eso lo sé yo, sin mi abogacía.

Para contentar a sus señorías
mando unos dineros por mi amiga
a repartir entre usted y el jurado,
que es lo que aquí se estila;
pero más para usted.
"Que el vulgo no caiga en la avaricia",
que así nos enseña Cristo y el Papa.
Eso lo sé yo, sin mi abogacía.

Cosa sencilla es dictar sentencia,
¿pobre acusado?, cadena perpetua
(mayor motivo si cargao de deudas).
¿Rico y con trajes?, pues muestra clemencia.

Para contentar a sus señorías
yo, aquí, me despido;
y les mando un saludo
para la familia, seres queridos,
y un fuerte abrazo para el presidente,
que son bien seguro grandes amigos
de tanto que llama en medio del juicio.
Y nosotros, a estar agradecidos.

martes, 14 de junio de 2011

Opus 133 (3.- La Gran Fuga - 6)


 Una noche cuando ella apenas tenía cuatro años unos ladrones entraron en su casa, recuerda que mataron a su madre, y cómo atacaron a su padre, y ella perdió la consciencia. Se despertó en el hospital y de allí pasó a un hogar de acogida. Le dijeron que era huérfana, pero en su fuero interno algo siempre le dijo que su padre había sobrevivido a aquel ataque. Al poco tiempo la adoptó la familia Smith, ella se llamaba realmente Emily Smith, no recordaba su anterior apellido. Pero por desgracia por aquel entonces el sistema norteamericano de adopción no funcionaba demasiado bien y su nuevo padre resultó ser un alcohólico y un pederasta. A los catorce años se escapó de su casa y de su pueblo en un tren de mercancías. A partir de ahí su vida fue de mal en peor. Baste decir que acabó inmersa en la red de trata de blancas de un tipo hasta que logró pagar su libertad hacía apenas unos años y que desde entonces había trabajado aquí.

  Hasta ahí su historia. Y ahora lo ilógico. Por muy extraño que suene, así es como pasó, y esto es lo que yo sentí en ese momento.

  En cuanto dijo que su madre le había enseñado ruso a mí me vino instantáneamente a la cabeza la frase Я тебя люблю. He de decir que nunca supe hablar ruso, pero me vino esa frase a la cabeza así como su traducción: “Te amo”. Pero ahí no acaba todo. Sé que esto es lo más ilógico de todo, pero, es justo lo que pasó, y esto no es una sensación mía o un conocimiento subconsciente como pudo haber sido lo anterior.

  La canción que su padre tocaba una y otra vez y que ella recordaba y me puso en el radiocasete no era otra más que la Gran Fuga de Ludwig van Beethoven.

  En ese momento pensé que todo era una especie de broma macabra y enrevesada, pero al instante recordé la sensación que tuve al abrazarla y recordé mis pensamientos sobre que era ese maldito sueño lo que me había traído hacia aquí y esperé a que acabara su relato. Cuando acabó su historia una terrible duda asaltó mi mente y tuve que preguntarle quién era el cabecilla de esa red de trata de blancas, tuve que hacerlo, era como si el destino golpeara la puerta de mi subconsciente y me lo estuviera pidiendo a gritos. Ella me dijo que no le había conocido en persona, pero sí que había escuchado su nombre, así que le insistí. Su respuesta era la que me temía. El hombre que la había prostituído se llamaba Steven Butcher.

martes, 22 de febrero de 2011

Opus 133 (3.- La Gran Fuga - 5)



 Su camerino era pequeño y apenas contaba con una cómoda con espejo, un biombo, un pequeño lavabo anexo y una cama de matrimonio. Al ver la cama inmediatamente sospeché del motivo por el que había sido llamado, y esas sospechas parecieron confirmarse en cuanto ella salió de detrás del biombo. Salió vestida con una bata de seda que apenas tapaba sus partes pudendas. Me vio y sin dirigirme la palabra se aproximó a la cómoda y de uno de sus cajones sacó lo que parecía ser una vieja foto. Se quedó mirándola un buen rato y luego me miró a mí, de nuevo su mirada volvió a la foto y de nuevo a mí, y así un par de veces más, hasta que finalmente sus ojos se llenaron de lágrimas y se abalanzó hacia mí, abrazándome.

  Yo dejé que me abrazara, sin poder reaccionar apenas sorprendido como estaba ante su gesto, y entonces noté algo demasiado extraño como para poder explicarlo con precisión. Era como si no fuera la primera vez que ella me abrazaba. Había algo familiar en sus sollozos, y en la presión que ejercían sus brazos, y en el calor de su cuerpo y hasta en el olor que se dejaba entrever vagamente a través  del denso perfume barato. Esa sensación me invadió por completo y no pude si no echarme yo también a llorar y abrazarme a ella con todas mis fuerzas. No sé por que lo hice, pero estuve así un tiempo incontable, hasta que ella dijo algo y lo que dijo me extrañó tanto que lo único que pude hacer fue apartarle de mi lado. Ella me había llamado “papá”.

  La aparté y le explique que yo no era su padre, que nunca había tenido ninguna hija, pero ella negaba con la cabeza ante cada cosa que yo le decía. Estaba totalmente convencida de que yo era su padre. Cuando vi que no podría convencerla le pedí que tratara ella de explicarme por qué creía eso y entonces me enseñó la foto. Era una foto grande y algo antigua donde se veía a un grupo de veinte hombres trajeados con una firma bajo los pies de cada uno. En la parte de abajo se veía impreso: “Universidad de Harvard, Departamento de Matemáticas. Promoción del 78”. Ella me señaló a uno de esos hombres y me explicó que ese era el único recuerdo que le quedaba de su padre. Era un hombre joven, el más joven de la foto, con rasgos caucásicos. La verdad es que se parecía bastante a mí con la única diferencia de que yo nunca había estudiado matemáticas en Harvard.

  Llegué a la conclusión de que la pobre chiquilla tenía algún tipo de complejo de padre ausente o algo así, algo por lo que lo estaba pasando realmente mal, un buen caso para mi psicólogo sin lugar a dudas. La niña debió de fijarse en mi parecido con el hombre de la foto y de ahí venía todo esto. Le volví a explicar que yo no podía ser ese hombre, que yo había vivido casi toda mi vida en Iowa y que nunca había estudiado en Harvard. Le volví a explicar que nunca había tenido hijos pero ella seguía convencida de lo que decía. Para que se calmara un poco le pedí que me contara su historia, el por qué ese era el único recuerdo que tenía de su padre y como la hija de un licenciado de Harvard había acabado trabajando en un club de Striptease de Las Vegas. Pensé que así se podría calmar un poco y recapacitar, pero fue peor el remedio que la enfermedad. Su historia era realmente triste y había algo tan extraño en ella… la sensación, era casi como si recordara… Pero primero contaré su historia y luego el efecto que provocó en mí, con el único fin de poner un poco de orden en este extraño relato.

  Por lo que me dijo ella había nacido en el 80 en el seno de una buena familia de Atlanta. Lo único que recordaba de su madre era que le había enseñado algo de ruso ya desde muy pequeña. A su padre lo recordaba casi siempre en su despacho, trabajando en incontables fórmulas matemáticas, o eso o tocando el violín. Me dijo que nunca había podido borrar de su cabeza una canción que solía tocar, hasta me la puso en un viejo radiocasete. Sigo con su relato y luego hablo del resto como ya he dicho, mejor seguir un orden.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Opus 133 (3.- La Gran Fuga - 4)



 ¡Dios mío, hoy ha pasado algo realmente increíble! Ha pasado algo que se escapa a toda lógica, algo que noto que será crucial en mi vida, un punto de inflexión, o puede que se trate sólo de los desvaríos de un par de locos en esta ciudad de neón y pecado. Es uno de esos momentos en los que notas como si el destino, o Dios mismo, hubiera puesto sus ojos sobre ti, uno de esos momentos donde sabes que cada decisión que tomes será absolutamente crucial para tu futuro. El último momento así que recuerdo fue cuando me planteé la idea de mudarme a Nueva York después del divorcio, y las decisiones de esa época marcaron los últimos diez años de mi vida. Hoy he notado de nuevo esa sensación, pero será mejor que trate de describirlo desde el principio en este burdo amago de diario que llevo para poder releerlo en el futuro y tratar de encontrar la lógica que seguro se encuentra oculta en todo esto.

  El día transcurrió con normalidad a pesar de que ayer se repitió de nuevo la pesadilla. Me tiré mañana y tarde en el casino que está al bajar la calle analizando las ruletas, grabando todos los datos en mi mente y jugando un poco a diversos engañabobos para que esos gorilas que tienen de seguridad no se dieran cuenta. Comí incluso allí, una comida frugal pero nutritiva. Por la noche había decidido regresar a ese espectáculo erótico, era como si algo me llamara a ello. Bueno, algo, ese algo es mi maldita pesadilla. Era mi pesadilla lo que me llamaba a volver allí.

  Así que allí fui y al principio todo transcurrió con normalidad. Me tomé con tranquilidad mi whisky mientras observaba impasible el espectáculo de las primeras chicas. Muchas ideas extrañas rondaban por mi cabeza, como si alguien las hubiera puesto allí en contra de mi voluntad. Y entonces salió ella, la chica rubia.

  Fue presentada como Eva “la belleza norteña”. Era apenas una chiquilla de poco más de veinte años. Su pelo era rubio, de un rubio intensamente claro, casi doloroso. Su rostro tenía facciones de niña, con un leve toque exótico. Su espectáculo no estaba mal, aunque hay que reconocer que alguna de sus compañeras lo hizo mejor. Lo que más me llamó la atención entonces fue que estuvo un buen tiempo como buscando a alguien entre el público con la mirada. Entonces fijó sus ojos azules como el hielo en mí, y no los apartó durante el resto de su actuación. Yo miré en sus ojos y percibí algo familiar en ella, como si la conociera de algo, y noté esa misma muestra de reconocimiento en su expresión. Fue cuando ella acabó el espectáculo y se retiro tras el telón y yo me pedí otro whisky tratando de recordar de qué conocería a aquella niña.

  Al cabo de un rato uno de los hombres de seguridad del local se acercó a mí para comunicarme que una de las señoritas me pedía amablemente que fuera a su camerino. No tuve la menor duda de que era ella, y efectivamente no me equivoqué.


lunes, 25 de octubre de 2010

Opus 133 (3.-La Gran Fuga - 3)


  El sueño ha vuelto, una vez más, insidioso, como si quisiera decirme algo. La sensación de tensión no hace si no aumentar a pesar de que ese extraño hombre ya no me sigue. No lo he vuelto a ver desde que abandoné Nueva York y eso es buena señal. Pero el sueño sigue, como un mal recuerdo que vuelve una y otra vez a mi cabeza… ¿por qué siempre compararé ese maldito sueño con un recuerdo?




  Mis planes se están cumpliendo a la perfección, ya he jugado en tres casinos distintos ganando bastante en los tres. Esta noche saldré a celebrarlo, creo que me lo merezco.



  Es la primera vez que estoy en uno de esos espectáculos eróticos. No ha estado mal, las chicas lo hacían muy bien, la verdad. Sé que pagando un poco podría subirme a alguna a la habitación, quizás lo haga otro día, cuando haya ganado algo más. Me gustó la morena de Texas, una chica impresionante sin lugar a dudas. Y luego estaba esa niña rubia, era distinta al resto. Había algo extraño en ella. No sé, creo que se me quedó mirando mientras hacía su espectáculo… Tengo que dejar estas ensoñaciones tan poco propias de mí.



  El violín no se me da mal, debo tener un talento innato o algo así, porque dicen que es un instrumento difícil, pero para mí no tiene complicación alguna. Si hubiera aprendido de niño estoy convencido de que ahora me podría dedicar a eso en vez de a la contabilidad, seguro que mi vida hubiera sido mucho más interesante como músico, una vida bohemia y llena de aventuras y mujeres. En fin, otra vez desvariando, por esto sí que debería ir al loquero.



  La mujer rubia, mi esposa. ¿Es esa niña? Ella me ha vuelto a mirar, y yo a ella, y se parecen, se parecen terriblemente. Quizás sí que exista el destino y uno no pueda escapar a él, quizás mi sueño estaba tratando de traerme a esta ciudad dejada de la mano de Dios para conocerla. Quizás mi “gran fuga” no sea realmente una fuga sino alguna otra cosa que no soy capaz de entender ni controlar… No me gusta la sensación de no poder controlar algo.

martes, 19 de octubre de 2010

Opus 133 (3.-La Gran Fuga - 2)


  Ya me he instalado en mi hotel y esta noche empezaré a analizar las ruletas. Hace calor, quizás demasiado, al fin y al cabo esta ciudad está en mitad del desierto. Sí, analizaré las ruletas, pero con cuidado. Todos estos casinos están controlados por mafias, y si ven que tienes un método te echan o algo peor. Tendré que disimular, pero esta noche empezaré.




  El puto loquero no tenía razón. Ya estoy desestresándome según me dijo pero el sueño sigue tan real como siempre, y siempre igual. Me llevan de la celda, atravieso una puerta y está el hombre del traje negro con su aparato infernal. Entonces yo lo mato y se convierte en la mujer rubia.

  ¿Quién es la mujer rubia? Sé que la conozco, en el sueño es mi esposa, pero no lo es realmente. Pero sé que la conozco de algo, he tenido que verla en alguna parte, aunque no sé en donde.

  No sé por qué pero en ocasiones pienso que ese sueño es más real que mi propia vida. Y ese pensamiento me provoca tanta paz como el acorde final del opus 133 de Beethoven. Tras la turbulencia llega la calma. Y ese nombre con el que me llama: “Füller” parece más apropiado que Conrad, no sé por qué. Quizá sea porque tengo rasgos alemanes.

  En ese sueño hay algo más, lo sé.





  Hoy he visto a ese concertista. Fue una sensación muy extraña. El chico tocaba el violín, bastante bien además y sus movimientos eran tan lógicos... Era como si en todo momento supiera cual era la siguiente nota. Quizás mañana me compre un violín, aunque debería dejarme de tantos espectáculos y tanta tontería y dedicarme a lo que he venido a hacer aquí. Ya tengo alguna ruleta controlada. Mañana empezaré a jugar, con pequeñas cantidades, tengo que verificar si mi método funciona, sólo espero no levantar sospechas.



  Funciona, el método funciona a la perfección. Mañana no apostaré nada, iré a otro casino a empezar a analizar sus ruletas y otro día volveré a este, tengo que evitar sospechas.

martes, 7 de septiembre de 2010

Opus 133 (3.- La Gran Fuga - 1)


  El tren por fin esta llegando. Nunca me ha gustado viajar en avión. El tren es mucho mejor. Los aviones se caen y los hombres no estamos hechos para volar. Si Dios hubiera querido eso nos hubiera puesto alas.

  Ahora sí que reconozco la canción. Todo el viaje escuchándola. La Gran Fuga, se llama, un buen nombre. En cierto modo este viaje es mi gran fuga. Huyo de mi vida de contable. El psicólogo se puede ir a tomar por culo, esos malditos loqueros no hacen otra cosa más que robar dinero, ¡eso ni siquiera es una ciencia, por el amor de dios! Pero al menos tengo la canción, ya no me inquieta, como antes.

  La música es sólo matemática, ahora entiendo. Y esa comprensión es soberana. La Gran Fuga de Beethoven no es más que una ecuación complejísima, cuya resolución final conquista el paraíso. Mi gran fuga es mucho más complicada, huir de mi vida, sí. Pero no del estrés que dice el loquero, huir de ese puto cabrón que me persigue. El puto cabrón trajeado. No lo he visto en el tren, tampoco en la estación. Igual le logro dar esquinazo. ¿Quién coño será? ¿Alguien del gobierno quizás? En mi vida nunca he mosqueado a nadie, ni me he metido en asuntos turbios con mafias ni nada así. ¿Quizás alguien mandado por mi ex- mujer para algo? Bah, no creo, eso si que parece un pensamiento paranoico. No sé ni por qué me acuerdo de ella.

  Porque ella no es la mujer rubia. Ella no es la mujer rubia.

  ¿Cuál es la diferencia entre sueño y realidad? Aún no tengo respuesta a esa pregunta. Ese maldito sueño es más real que la vida misma. ¿Y si mi propia vida no fuera más que un sueño?

  Al menos las matemáticas son reales, lógicas. No como este caos del mundo. Aunque el mundo funciona a base de matemáticas, todo son números, todo son ecuaciones y diagramas. Hasta la ruleta.

  Sí, este es el principio de mi gran fuga, puedo ganar algunos millones con mi método. No puede fallar. Y después al extranjero, allí nadie me podrá encontrar, aunque ese de negro sea del gobierno allí fuera no me podrá alcanzar.

  Sí, huir de todo, como las notas de esa fuga hacia el final apoteósico.

  El tren para. Espero ser bienvenido en Las Vegas.